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Evitación: por qué alivia en el momento pero mantiene el malestar

Hay situaciones que preferimos no atravesar: una conversación incómoda, una reunión en la que tememos quedar expuestos, una tarea que nos genera inseguridad o un lugar asociado con una experiencia desagradable.

A veces decidimos evitarlas de manera consciente. Otras veces, casi sin pensarlo, buscamos distraernos, postergarlas o encontrar alguna forma de sentirnos más seguros.

En el momento, estas decisiones suelen tener sentido. Evitar reduce la ansiedad, la vergüenza, la incertidumbre o la incomodidad. El cuerpo se calma y aparece una sensación de alivio.

La dificultad comienza cuando esta forma de afrontar el malestar se vuelve repetitiva. Aquello que ayuda a sentirse mejor durante unos minutos puede mantener el temor, aumentar la dependencia de ciertas medidas de seguridad y limitar progresivamente la vida.

El problema, entonces, no es que la evitación no funcione. Es que suele funcionar muy bien en el corto plazo.

Qué es la evitación

La evitación es un patrón de acciones orientadas a escapar, reducir o prevenir situaciones y experiencias que generan malestar.

A veces es evidente. Una persona puede dejar de asistir a reuniones, evitar viajar, no hablar con desconocidos, abandonar una actividad o negarse a entrar en un lugar que le provoca miedo.

Otras veces resulta más difícil de reconocer. La persona puede permanecer físicamente en la situación, pero intentar controlar constantemente lo que siente. Por ejemplo:

  • asistir a una reunión únicamente si puede beber alcohol;
  • salir de casa solo si alguien la acompaña;
  • ubicarse siempre cerca de una salida;
  • revisar el teléfono para no participar de una conversación;
  • pedir repetidamente que otra persona le asegure que nada malo ocurrirá;
  • distraerse cada vez que aparece un pensamiento o recuerdo doloroso;
  • postergar una tarea para no sentir ansiedad, frustración o inseguridad.

En estos casos, la persona no evita necesariamente la situación externa, pero sí intenta escapar o reducir la experiencia interna que esa situación le genera: pensamientos, emociones, recuerdos, sensaciones físicas o impulsos.

Desde los enfoques basados en la aceptación, este proceso se denomina evitación experiencial. Se vuelve especialmente problemático cuando el esfuerzo por no sentir malestar comienza a limitar lo que la persona quiere hacer con su vida.

No toda decisión de no hacer algo constituye evitación. Retirarse, descansar, postergar o rechazar una situación puede ser una respuesta razonable. Para comprender qué función cumple una conducta es necesario considerar el contexto: qué malestar aparece, qué hace la persona para reducirlo, qué alivio obtiene y cuáles son las consecuencias a más largo plazo.

Por qué evitar produce alivio

Imaginemos que una persona siente ansiedad antes de una reunión social. Piensa que no sabrá qué decir, que los demás notarán su nerviosismo o que hará el ridículo. Finalmente decide no ir.

En cuanto cancela, la ansiedad disminuye.

Ese alivio es real. La persona deja de enfrentarse temporalmente con la situación que temía y su cuerpo se tranquiliza. Precisamente por eso, evitar puede convertirse en una respuesta tan persistente.

El circuito suele funcionar de esta manera:

aparece el malestar → la persona evita o escapa → el malestar disminuye → aumenta la probabilidad de volver a evitar

En psicología conductual, este proceso se denomina reforzamiento negativo. La expresión no significa que la conducta sea negativa ni que exista un castigo. Significa que una acción aumenta su probabilidad de repetirse porque permite retirar, reducir o postergar algo desagradable.

La dificultad aparece porque el alivio inmediato puede impedir otros aprendizajes. Si la persona no entra en la reunión, no puede descubrir si realmente sería rechazada, si podría tolerar los nervios o si la ansiedad cambiaría sin necesidad de escapar.

La evitación parece confirmar la necesidad de seguir evitando:

“No ocurrió nada porque me quedé en casa”.

Sin embargo, la persona no llega a comprobar qué habría sucedido si hubiera permanecido en la situación.

Cuando sentirse mejor no significa estar mejor

Durante la pandemia, algunas personas con mucha ansiedad social sintieron un alivio inesperado. Dejaron de asistir a reuniones, utilizar el transporte público, encontrarse con desconocidos, hablar frente a grupos o sostener conversaciones que vivían con mucho esfuerzo.

Algunas llegaron a decir en consulta:

“La pandemia fue la mejor etapa de mi vida”.

Esto no significa necesariamente que disfrutaran del aislamiento, de la incertidumbre o de las pérdidas que produjo ese período. En muchos casos, lo que resultó liberador fue que el entorno dejó de exigirles afrontar situaciones sociales que les generaban ansiedad o vergüenza.

Las restricciones legitimaban quedarse en casa. Ya no era necesario inventar una excusa, tolerar el nerviosismo ni temer la evaluación de los demás. Al desaparecer las situaciones temidas, también disminuyó parte del malestar.

Sin embargo, sentirse más tranquilo no significaba necesariamente que el temor se hubiera modificado.

Cuando la vida social comenzó a reanudarse, algunas personas descubrieron que la ansiedad seguía presente o que incluso había aumentado. Durante meses no habían tenido oportunidades de practicar, comprobar qué podían tolerar ni construir experiencias diferentes.

El alivio había sido auténtico, pero dependía de que las situaciones sociales siguieran ausentes.

Esta diferencia es importante: a veces una persona se siente mejor porque amplió sus recursos y recuperó libertad. Otras veces se siente mejor porque su vida se volvió más pequeña y dejó de encontrarse con aquello que teme.

La evitación y las conductas de seguridad no siempre son evidentes

La evitación no siempre consiste en faltar, retirarse o quedarse en casa. A veces la persona entra en la situación, pero utiliza conductas de seguridad para intentar prevenir aquello que teme o reducir su malestar.

Puede asistir a una reunión, viajar o conversar, pero sentir que solo puede hacerlo si está acompañada, permanece cerca de una salida, controla constantemente sus sensaciones o dispone de alguna forma inmediata de escapar.

La persona parece afrontar la situación, pero atribuye su seguridad a las precauciones utilizadas:

“Pude hacerlo porque estaba acompañado”.

“No me pasó nada porque me senté cerca de la puerta”.

“Pude hablar porque había tomado alcohol”.

Una persona tímida puede descubrir que, después de beber, habla con mayor soltura, piensa menos en la opinión ajena y siente menos vergüenza. Como el alcohol reduce momentáneamente la ansiedad y facilita la desinhibición, puede comenzar a funcionar como una condición necesaria para relacionarse.

Con el tiempo, la persona puede aprender no “puedo conversar aunque esté nerviosa”, sino:

“Sin tomar no puedo hablar con nadie”.

Aunque participe de encuentros sociales, sigue intentando evitar la experiencia de estar con otros mientras siente inseguridad, timidez o ansiedad. Además, depender de esta estrategia puede terminar generando nuevos problemas.

Esto no significa que toda persona que bebe en una reunión lo haga por evitación. Importa la función que cumple la conducta. El problema aparece cuando se convierte en un requisito para afrontar la situación, se utiliza de forma cada vez más rígida o genera consecuencias perjudiciales.

También pueden cumplir una función de seguridad hablar únicamente con una persona conocida, ensayar mentalmente cada frase, mirar constantemente el teléfono o retirarse apenas aumenta la ansiedad.

Estas acciones pueden aliviar en el momento. Su efecto, sin embargo, debe evaluarse en cada caso: algunas pueden facilitar un primer acercamiento, mientras que otras terminan reforzando la idea de que la persona no podría afrontar la situación sin ellas.

Procrastinación y evitación: cuándo postergar sirve para escapar

Procrastinación y evitación no son exactamente lo mismo.

La procrastinación consiste en postergar innecesariamente una acción que la persona pretende realizar, aun cuando sabe que la demora puede traerle consecuencias. La evitación, en cambio, se define por la función de escapar o reducir un malestar.

Sin embargo, muchas veces ambas se superponen.

Una persona tiene que estudiar, responder un correo importante, preparar una presentación o comenzar una tarea laboral. Apenas piensa en hacerlo, aparecen ansiedad, aburrimiento, frustración o la sensación de no saber por dónde empezar.

Entonces toma el teléfono y comienza a desplazarse por redes sociales.

Durante unos minutos deja de pensar en la tarea. Además, encuentra videos, noticias y mensajes que capturan su atención. La pantalla puede cumplir dos funciones al mismo tiempo:

  • reduce el malestar asociado con la tarea;
  • ofrece estimulación o entretenimiento inmediatos.

Esto ayuda a explicar por qué el scrolling puede competir tan eficazmente con actividades importantes. La tarea suele requerir esfuerzo y ofrece beneficios demorados. El teléfono, en cambio, brinda alivio y estimulación casi instantáneos.

El problema aparece después. La tarea continúa pendiente, queda menos tiempo disponible y aumentan la culpa, la presión o la ansiedad. Cuando la persona vuelve a pensar en ella, el malestar es todavía mayor y la tentación de escapar nuevamente hacia la pantalla también aumenta.

Se forma así otro circuito:

tarea difícil → malestar → pantalla → alivio y entretenimiento → mayor demora → más presión

No toda procrastinación responde a la ansiedad. También pueden intervenir cansancio, dificultades para organizarse, falta de claridad, problemas atencionales o una planificación poco realista.

Pero cuando postergar sirve principalmente para alejarse de la incertidumbre, la frustración, el miedo al fracaso o la sensación de incapacidad, puede entenderse como una forma de evitación. En esos casos, el problema no se limita a una mala administración del tiempo: la postergación se convierte en una estrategia para regular el malestar, aunque después termine aumentando la presión que la persona intentaba evitar.

Cómo la evitación termina reduciendo la vida

La evitación suele comenzar de manera localizada.

Una persona evita una reunión, una calle, una conversación o una tarea. Como obtiene alivio, vuelve a hacerlo. Después comienza a evitar situaciones parecidas.

Alguien que tuvo un ataque de pánico en un colectivo puede dejar de usar esa línea. Luego evita todos los colectivos, más tarde el transporte público y finalmente cualquier lugar del que crea que sería difícil escapar.

En estos casos, el problema ya no es solo el episodio de pánico, sino también el temor a que vuelva a ocurrir y la evitación que empieza a organizar la vida alrededor de ese miedo. Este proceso se explica con más detalle en el artículo sobre ataques de pánico.

Una persona que se sintió avergonzada al hablar frente a un grupo puede dejar de participar en clase. Después evita reuniones laborales, rechaza oportunidades profesionales y limita sus vínculos.

Alguien que teme equivocarse puede postergar un proyecto. Con el tiempo, evita desafíos nuevos y se convence de que no tiene la capacidad necesaria.

Lo que comenzó como temor ante una situación concreta puede extenderse a lugares, sensaciones, pensamientos o circunstancias relacionadas. En el corto plazo, la persona se siente protegida. En el largo plazo, puede perder autonomía, oportunidades, relaciones y actividades significativas.

Cada nueva evitación también puede debilitar su confianza:

“Si necesito escapar, debe ser porque no podría soportarlo”.

De esta manera, la persona no solo teme a la situación. También empieza a temer su propia ansiedad, sus sensaciones físicas o su capacidad para responder.

Cuando este repliegue lleva al abandono de actividades que ofrecían conexión, autonomía o sensación de logro, recuperar progresivamente algunas de ellas también puede formar parte de un trabajo de activación conductual.

Saber que algo es improbable no siempre alcanza

Muchas personas reconocen que sus temores son exagerados o poco probables.

Saben que una conversación incómoda no será una catástrofe, que un ataque de pánico no representa necesariamente un peligro físico o que cometer un error no arruinará toda su vida. Aun así, continúan sintiendo miedo.

Esta contradicción no significa que la mente esté fallando.

Comprender racionalmente que una situación es poco peligrosa no modifica de inmediato una respuesta emocional aprendida. Por eso, repetirse “no pasa nada” puede resultar insuficiente.

Los pensamientos influyen en las emociones y pueden intensificar el temor, especialmente cuando interpretamos una situación de forma amenazante. Algunas de estas formas habituales de interpretación se explican con más detalle en el artículo sobre distorsiones cognitivas.

Sin embargo, el cambio no siempre se produce únicamente cuestionando pensamientos. En muchos casos también es necesario generar experiencias nuevas: comprobar en la práctica que la persona puede permanecer en una situación, tolerar cierto malestar y responder de una manera diferente a la evitación.

Evitar no siempre es un problema

La evitación es una capacidad necesaria.

Retirarse de una situación peligrosa, alejarse de una relación violenta, descansar después de una sobrecarga o no participar de una actividad cuando no existen condiciones seguras pueden ser decisiones protectoras.

El objetivo no es exponerse indiscriminadamente a todo lo que genera miedo ni asumir que cualquier temor es irracional.

La evitación se vuelve problemática cuando aparece de manera rígida, se extiende a cada vez más situaciones y produce costos importantes. También cuando continúa funcionando frente a circunstancias razonablemente seguras, no por el peligro actual, sino por la dificultad para tolerar la ansiedad, la incertidumbre o las sensaciones que despiertan.

La diferencia no siempre puede establecerse desde afuera. Para comprenderla hay que considerar el contexto, los riesgos reales, la historia de la persona y las consecuencias que esa conducta tiene sobre su vida.

Cómo se trabaja la evitación en terapia

El primer paso suele ser reconocer el circuito.

Muchas personas consultan por ansiedad, desánimo, aislamiento o procrastinación sin advertir que algunas de las estrategias que utilizan para aliviarse están contribuyendo a mantener el problema.

En terapia se busca identificar:

  • qué situaciones o experiencias generan malestar;
  • qué hace la persona para reducirlo;
  • qué alivio obtiene;
  • qué conductas de seguridad utiliza;
  • qué aprende después de evitar;
  • cuáles son los costos a mediano y largo plazo;
  • qué actividades o vínculos ha ido abandonando.

Comprender el mecanismo no hace desaparecer automáticamente el miedo, pero permite empezar a tomar decisiones diferentes.

Uno de los procedimientos utilizados dentro de la Terapia Cognitivo-Conductual es la exposición gradual. Consiste en acercarse de manera planificada a situaciones evitadas y observar qué respuestas de escape o seguridad están interfiriendo con los objetivos del tratamiento.

No se trata de obligarse a enfrentar de golpe aquello que produce mayor temor. La exposición se organiza de acuerdo con las características del problema, el contexto y los recursos de cada persona.

El objetivo tampoco es demostrar que nunca ocurrirá nada desagradable. Vivir siempre implica cierto grado de incertidumbre. Se busca construir aprendizajes más amplios:

  • que la ansiedad puede tolerarse;
  • que no siempre es necesario escapar;
  • que las consecuencias temidas no ocurren necesariamente;
  • que el malestar puede cambiar sin intentar eliminarlo de inmediato;
  • que la persona dispone de recursos para responder;
  • que es posible recuperar acciones importantes aunque todavía exista temor.

Desde los enfoques basados en la aceptación, también se trabaja la disposición a experimentar pensamientos, emociones y sensaciones incómodas cuando aparecen en el camino hacia una vida valiosa.

La pregunta deja de ser únicamente:

“¿Cómo hago para no sentir ansiedad?”

Y puede transformarse en:

“¿Qué quiero hacer con mi vida, incluso si la ansiedad aparece?”

No se trata de eliminar todo malestar

Trabajar sobre la evitación no significa exponerse a cualquier riesgo ni obligarse a soportar situaciones dañinas. Tampoco implica esperar que la ansiedad, la vergüenza o la incertidumbre desaparezcan por completo.

El objetivo es que esas experiencias dejen de decidir automáticamente qué puede hacer una persona y qué partes de su vida tiene que abandonar.

Para eso, suele ser necesario comenzar de manera gradual. Permanecer algunos minutos más en una situación, iniciar una tarea aunque todavía haya dudas, participar de una conversación sin refugiarse de inmediato en el teléfono o probar una situación con menos medidas de seguridad pueden convertirse en oportunidades de aprendizaje.

Al principio, afrontar suele generar más malestar que evitar. La diferencia aparece con el tiempo: mientras la evitación ofrece alivio inmediato pero conserva el problema, el acercamiento gradual permite comprobar que la ansiedad puede tolerarse y que es posible actuar sin esperar una sensación completa de seguridad.

El propósito no es vivir sin miedo, sino recuperar libertad para acercarse a vínculos, actividades y proyectos que habían quedado relegados.

Cuando la evitación comienza a interferir con el trabajo, el estudio, los vínculos o la vida cotidiana, una evaluación profesional puede ayudar a comprender qué sostiene el circuito y a planificar una forma gradual de abordarlo.

Cada caso requiere considerar la historia de la persona, los riesgos reales de su contexto y la función particular que cumplen sus conductas. Por eso, las ideas desarrolladas aquí buscan ofrecer una orientación general y no reemplazan una evaluación psicológica individual.

Referencias

  • Caballo, V. E. (Dir.). (2007). Manual para el tratamiento cognitivo-conductual de los trastornos psicológicos. Vol. 1: Trastornos por ansiedad, sexuales, afectivos y psicóticos. Siglo XXI.
  • Hayes, S. C., & Smith, S. (2013). Sal de tu mente, entra en tu vida: La nueva terapia de aceptación y compromiso. Desclée De Brouwer.
  • Leahy, R. L. (2018). Técnicas de terapia cognitiva: Una guía para profesionales. Akadia.
  • Ruiz Fernández, M. A., Díaz García, M. I., & Villalobos Crespo, A. (2012). Manual de técnicas de intervención cognitivo-conductuales. Desclée De Brouwer.