Perfeccionismo
Perfeccionismo: cuando la exigencia pone en juego el propio valor
Cuando ascendieron a María, sus compañeros la felicitaron. Llevaba años haciendo un trabajo cuidadoso y confiable, y le alegró que lo reconocieran. Ahora, además de sus propias tareas, tendría que coordinar al equipo y supervisar el trabajo de otras personas.
Al principio pensó que solo necesitaba organizarse mejor. Pero le costaba dar por terminado un trabajo si encontraba algo que ella habría hecho de otra manera. Una tarde, un compañero le entregó un informe claro y completo. María se detuvo en dos frases que podían mejorarse y terminó revisando el documento entero. No era la primera vez que lo hacía: delegaba una tarea, pero después invertía horas en comprobarla o corregirla.
Mientras revisaba, pensaba en lo que ocurriría si un error llegaba a manos de su jefe. Pero incluso si nadie lo notaba, ella sabría que había dejado pasar una falla. «Si ni siquiera puedo supervisar bien esto, ¿qué clase de profesional soy?», se preguntaba. Lo que estaba en juego no era solo la calidad del informe, sino la imagen que tenía de sí misma.
Las semanas siguientes empezó a quedarse hasta tarde. Recibía buenas devoluciones y el equipo cumplía con sus objetivos, pero María enseguida pensaba en todo lo que aún podía mejorar. Estaba cansada y le preocupaba no poder mantener ese ritmo. Aun así, cuando consideraba revisar menos o dejar una tarea en manos de otra persona, se decía: «Si llegué hasta acá fue porque siempre me ocupé de que las cosas salieran bien».
Qué es el perfeccionismo
El término perfeccionismo puede utilizarse de distintas maneras. En este artículo nos referimos a la búsqueda persistente de estándares personales muy exigentes, acompañada de una evaluación crítica del propio desempeño. No se trata solo de querer obtener buenos resultados: la persona llega a juzgarse a sí misma según su capacidad para alcanzar esos estándares.
Por eso, una tarea puede adquirir una importancia que va mucho más allá de la tarea misma. Un error puede sentirse como prueba de incapacidad; un buen resultado, en cambio, no siempre alcanza para sentirse satisfecho. La persona puede restarle importancia, concentrarse en lo que faltó o fijarse una meta todavía más alta.
Esta búsqueda puede continuar incluso cuando exige demasiado tiempo y esfuerzo, genera malestar o desplaza otras áreas de la vida. En el caso de María, el cuidado que pone en su trabajo contribuyó a que la ascendieran. La dificultad aparece cuando siente que debe mantener ese mismo nivel de control sobre cada tarea del equipo para demostrar que merece el puesto y, sobre todo, para no dejar de considerarse una profesional capaz.
¿Es lo mismo que querer hacer las cosas bien?
No. Tener estándares altos, trabajar con dedicación y aspirar a mejorar no es necesariamente un problema. Es posible esforzarse mucho por un resultado y, al mismo tiempo, adaptar las expectativas a los recursos disponibles, aceptar que otros trabajen de otra manera y reconocer lo que se consiguió.
La diferencia no está únicamente en cuánto se exige una persona, sino en la flexibilidad con la que persigue sus metas y en lo que cree que significa no alcanzarlas. Cuando cometer un error pone en duda su valor personal, bajar una exigencia puede sentirse menos como una decisión razonable que como una forma de resignarse o fallar.
Por eso, abordar el perfeccionismo no implica dejar de hacer las cosas bien ni abandonar las metas importantes. Implica poder perseguirlas sin que cada resultado se convierta en un examen del propio valor.
Cómo se manifiesta el perfeccionismo
El perfeccionismo no se manifiesta igual en todas las personas ni en todas las áreas de su vida. Puede aparecer en el trabajo, el estudio, los vínculos o en actividades que la persona considera importantes, incluso cuando nadie más evalúa el resultado.
En los pensamientos, un error puede significar mucho más que algo por corregir: «Si dejo pasar esto, no estoy haciendo bien mi trabajo» o «Si no puedo ocuparme de todo, quizá no soy tan capaz como creía». A veces preocupa la opinión de los demás; otras, lo que la propia persona concluirá sobre sí misma. María puede recibir una buena devolución de su jefe y aun así quedarse pensando en el detalle que ella considera insuficiente.
La posibilidad de equivocarse puede despertar tensión y preocupación, y una falla pequeña puede dar lugar a una autocrítica intensa. De ahí que algunas personas sientan que necesitan anticipar y controlar cada detalle. No se trata de que los errores nunca tengan consecuencias reales, sino de que también puede resultarles difícil tolerar lo que una falla significaría para ellas mismas.
En la conducta, esto puede verse en una preparación excesiva, revisiones repetidas o dificultad para dar por terminada una tarea. María delega un informe, pero luego lo comprueba o lo rehace para asegurarse de que responda a su criterio. En otros casos, la persona posterga el comienzo o recurre a la evitación ante un desafío por temor a no hacerlo suficientemente bien. El perfeccionismo puede llevar tanto a trabajar sin pausa como a quedar detenida ante la posibilidad de fallar.
Por qué se mantiene el perfeccionismo
Una de las razones por las que cuesta flexibilizar la exigencia es que, a veces, parece dar resultado. María trabajó con dedicación, recibió buenas devoluciones y fue ascendida. Sería comprensible que pensara: «Si llegué hasta acá, fue porque siempre cuidé cada detalle». Aunque ahora el volumen de trabajo sea mayor, reducir las revisiones puede parecerle un riesgo innecesario.
El circuito puede comenzar cuando recibe una tarea del equipo y piensa: «Si no la compruebo yo, podría pasar por alto algo importante». Esa posibilidad le genera inquietud. Entonces revisa el trabajo, corrige algunos detalles y se siente más tranquila. Como finalmente todo sale bien, resulta fácil concluir que revisar era necesario, aunque no sepa qué habría ocurrido si hubiera dejado la tarea tal como estaba.
Así, el alivio inmediato puede fortalecer el hábito de comprobar. Al mismo tiempo, María tiene pocas oportunidades de descubrir que otra persona podría hacer un buen trabajo con un criterio distinto del suyo o que una pequeña imperfección no necesariamente tendría las consecuencias que imagina.
Si encuentra un error, también puede interpretar que hizo bien en revisar y que la próxima vez deberá prestar todavía más atención. El problema no es su dedicación, sino que cada resultado parece darle una razón para seguir controlando, mientras el tiempo y el esfuerzo que eso requiere van aumentando.
También puede resultar difícil cambiar porque María reconoce en esa manera de trabajar una parte de quien es: se considera responsable, cuidadosa y alguien en quien los demás pueden confiar. No ve sus revisiones solo como una costumbre que podría reducir. Si deja de controlar cada detalle, teme estar renunciando precisamente a lo que la llevó hasta ese puesto. Por eso, aunque el ritmo la agote, flexibilizarlo no le parece una solución evidente.
A esto se suma que alcanzar una meta no siempre cierra el circuito. El ascenso era algo que María deseaba, pero pronto dejó de ser un logro que podía reconocer y se convirtió en una nueva exigencia que debía cumplir cada día. Si un resultado es bueno, puede sentir que simplemente hizo lo que correspondía; si encuentra una falla, concluye que debería haberse esforzado más. De ese modo, la medida con la que se evalúa siempre parece quedar un poco más adelante.
Los costos del perfeccionismo
El perfeccionismo no siempre impide obtener buenos resultados. María hizo un trabajo valioso y fue ascendida. Sin embargo, lograr algo y poder sostenerlo sin agotarse son cuestiones distintas. Las horas que dedica a revisar tareas ya terminadas se suman a sus nuevas responsabilidades, y cada vez le queda menos tiempo para descansar o atender otros aspectos de su vida.
La exigencia también puede afectar la forma de trabajar con otras personas. Si María corrige todo lo que recibe, delegar deja de aliviar su carga y sus compañeros tienen menos espacio para aportar su propio criterio. Lo que comenzó como un intento de cuidar la calidad del trabajo puede terminar dificultando la colaboración.
En otras personas, el costo puede tomar una forma diferente: demorar entregas, evitar oportunidades nuevas o abandonar proyectos que no pueden realizar tal como imaginaron. Y aun cuando el resultado sea bueno, la preocupación por los errores y la dificultad para reconocer lo conseguido pueden dejar poco lugar para disfrutarlo.
La pregunta, entonces, no es si esforzarse vale la pena. Es si la manera de perseguir un buen resultado está consumiendo más tiempo, energía o libertad de lo que la persona quisiera dedicarle.
Cuándo puede ser útil consultar
Puede ser útil consultar cuando la exigencia genera un malestar persistente, dificulta terminar tareas o lleva a dedicarles mucho más tiempo del que la persona desea. También cuando interfiere con el descanso, los vínculos o la posibilidad de aceptar nuevos desafíos. No hace falta esperar a que el trabajo o el estudio empiecen a salir mal: alguien puede seguir obteniendo buenos resultados y, aun así, estar pagando un costo importante para conseguirlos.
A veces la persona no identifica su exigencia como una dificultad porque la considera parte de sus fortalezas. Puede consultar por agotamiento, ansiedad o estrés, postergación o conflictos al trabajar con otros, y recién entonces empezar a preguntarse qué papel cumple el perfeccionismo en esas situaciones. Una evaluación permite comprenderlo en el contexto de su vida, sin asumir que todas las personas necesitan el mismo abordaje.
Cómo se trabaja el perfeccionismo en Terapia Cognitivo-Conductual
En la Terapia Cognitivo-Conductual se busca comprender cómo funciona la exigencia en la vida concreta de la persona: qué estándares se impone, qué teme que ocurra si no los alcanza y qué hace para prevenir errores. También se examina qué obtiene de esas conductas, incluido el alivio inmediato o los resultados que ayudan a explicar por qué sigue recurriendo a ellas.
A partir de ahí, se pueden revisar las reglas rígidas con las que evalúa su desempeño y poner a prueba algunas de sus predicciones mediante cambios graduales. Para María, un paso podría ser acordar qué nivel de revisión requiere realmente una tarea, delegar una parte y observar qué sucede sin rehacerla por completo. No se trataría de desatender errores importantes, sino de distinguir entre una supervisión necesaria y un control que no aporta lo suficiente para justificar su costo.
Una vez realizada la revisión acordada, María podría practicar no volver a comprobar el informe, aunque aparezcan dudas o inquietud. De esta manera tendría la oportunidad de observar qué ocurre cuando no responde a la ansiedad con una nueva revisión. También podría decidir terminar su jornada a una hora determinada y retomar una actividad que había dejado de lado, como encontrarse con amigos, incluso si siente que todavía podría mejorar algo del trabajo.
El trabajo también puede incluir aprender a reconocer los logros, tolerar que algo quede suficientemente bien aunque no coincida exactamente con el propio criterio y ampliar las formas de valorarse más allá del rendimiento. El objetivo no es quitarle a María su responsabilidad ni su interés por hacer un buen trabajo. Es que pueda ejercer esas cualidades con mayor flexibilidad y sin depender de un control permanente para sentirse capaz.
Conclusión
El perfeccionismo puede convivir con la dedicación y los buenos resultados. Lo que lo vuelve difícil no es únicamente cuánto se esfuerza una persona, sino lo que siente que está en juego cada vez que actúa, se equivoca o deja una tarea en manos de alguien más.
María no necesita renunciar al cuidado que pone en su trabajo. Puede empezar por distinguir cuándo ese cuidado le resulta útil y cuándo la lleva a revisar sin descanso, desconfiar de un buen resultado o medir su valor a través de cada tarea.
Flexibilizar la exigencia no significa volverse irresponsable ni conformarse con cualquier resultado. Significa que hacer algo suficientemente bien pueda ser una decisión válida y que un error no tenga que definir cuánto vale o qué clase de persona es.
Aclaración final
Este artículo tiene fines informativos y no reemplaza una evaluación psicológica profesional. Las experiencias descritas no constituyen una lista de síntomas ni permiten, por sí solas, establecer un diagnóstico. Si reconocés estas dificultades y están afectando tu bienestar o tu vida cotidiana, consultar con un profesional puede ayudarte a comprender qué está ocurriendo en tu caso.
Referencias
- Centre for Clinical Interventions. (2019). Perfectionism in Perspective. Government of Western Australia, Department of Health.
- Egan, S. J., Wade, T. D., Shafran, R., & Antony, M. M. (2014). Cognitive-Behavioral Treatment of Perfectionism. Guilford Press.
- Galloway, R., Watson, H., Greene, D., Shafran, R., & Egan, S. J. (2022). The efficacy of randomised controlled trials of cognitive behaviour therapy for perfectionism: A systematic review and meta-analysis. Cognitive Behaviour Therapy, 51(2), 170–184. https://doi.org/10.1080/16506073.2021.1952302
- Shafran, R., Cooper, Z., & Fairburn, C. G. (2002). Clinical perfectionism: A cognitive-behavioural analysis. Behaviour Research and Therapy, 40(7), 773–791. https://doi.org/10.1016/S0005-7967(01)00059-6