Terapia Cognitivo-Conductual
¿Cómo es la primera consulta psicológica?
La primera consulta psicológica suele generar dudas. Algunas personas llegan sin saber bien por dónde empezar, preocupadas por tener que contar toda su historia o esperando encontrar una respuesta inmediata a lo que les sucede.
Sin embargo, la primera sesión no consiste en resolver todo de una vez ni en llegar rápidamente a un diagnóstico. Su objetivo principal es comenzar a comprender qué está ocurriendo, cómo se fue desarrollando el problema y de qué manera está afectando actualmente la vida de la persona.
También es un primer encuentro entre paciente y terapeuta. Permite conocer la forma de trabajo, hacer preguntas y empezar a construir una comprensión compartida de lo que está pasando. Esa comprensión no siempre queda completa en una sola sesión: a veces se profundiza durante los primeros encuentros, a medida que aparecen nuevos ejemplos y se van definiendo los próximos pasos.
Conocer a la persona y su situación actual
Al comienzo de la consulta suelo hacer algunas preguntas generales para conocer el contexto de la persona: su edad, ocupación, situación familiar, vínculos importantes y condiciones actuales de vida.
No se trata simplemente de completar datos personales. Un problema psicológico no aparece de manera aislada. Para comprenderlo, también es necesario conocer el momento vital en el que ocurre, las responsabilidades de la persona, sus relaciones, sus actividades y las circunstancias que la rodean.
Según el motivo de consulta, también puede ser relevante preguntar por tratamientos psicológicos anteriores, consultas psiquiátricas, medicación, condiciones médicas o antecedentes de dificultades similares.
También me interesa conocer cómo está organizada su vida cotidiana: cómo son sus días, qué actividades realiza, qué hace en sus tiempos libres y qué espacios conserva para el descanso, el disfrute o el contacto con otras personas.
En algunos casos puede ser útil preguntar cómo se encuentran el sueño, la alimentación y la actividad física. No para realizar indicaciones propias de otras disciplinas, sino porque estos aspectos pueden influir en la energía, el estado de ánimo, la ansiedad, la concentración y el funcionamiento cotidiano.
Comprender el motivo de consulta
Después comenzamos a explorar aquello que llevó a la persona a pedir ayuda.
Algunas veces el motivo está claramente definido: ataques de pánico, tristeza persistente, problemas en una relación, preocupaciones difíciles de controlar o miedo ante determinadas situaciones. En otras ocasiones, la persona llega con una sensación más general de malestar y todavía le cuesta explicar qué le está pasando.
En esta parte pueden aparecer preguntas como:
- ¿Qué es lo que te preocupa actualmente?
- ¿Desde cuándo sucede?
- ¿Cómo comenzó?
- ¿Hubo alguna situación o cambio importante alrededor de ese momento?
- ¿Cómo fue evolucionando desde entonces?
- ¿En qué aspectos de tu vida está interfiriendo?
Estas preguntas no buscan interrogar ni poner a prueba a la persona. Sirven para empezar a ordenar una experiencia que muchas veces se presenta de manera confusa o difícil de explicar.
Pasar del problema general a situaciones concretas
Decir “tengo ansiedad”, “estoy deprimido”, “pienso demasiado” o “soy una persona impulsiva” permite comenzar, pero todavía no alcanza para comprender con precisión qué está ocurriendo.
Por eso, durante la primera consulta suelo pedir que la persona describa alguna situación reciente y concreta en la que haya aparecido el problema.
Puede ser útil reconstruir:
- qué estaba ocurriendo antes;
- dónde estaba y con quién;
- qué pensamientos o imágenes aparecieron;
- qué emociones o sensaciones físicas notó;
- qué hizo;
- y qué ocurrió después.
Esto permite pasar de una descripción general a una situación que se puede observar con mayor detalle. En la Terapia Cognitivo-Conductual, observar la relación entre situación, pensamientos, emociones y conductas ayuda a construir una comprensión individualizada del problema.
También es importante precisar con qué frecuencia ocurre, cuánto dura, qué intensidad alcanza, en qué circunstancias aparece y cuánto interfiere en la vida cotidiana.
Por ejemplo, una persona puede definirse como “muy impulsiva” porque en una discusión dijo algo hiriente de lo que después se arrepintió. Ese episodio importa, pero no alcanza por sí solo para saber si estamos frente a un patrón frecuente de impulsividad o a una reacción puntual en una situación excepcionalmente intensa. Para comprenderlo, también es necesario observar cómo suele manejar los conflictos, si respuestas parecidas aparecen en otros contextos y con qué frecuencia ocurren.
La frecuencia, la intensidad, la duración y el contexto ayudan a dimensionar mejor una dificultad y evitan sacar conclusiones demasiado generales a partir de una experiencia aislada.
Comprender qué mantiene actualmente el problema
Conocer cómo comenzó una dificultad es importante, pero no siempre explica por qué continúa.
A veces el acontecimiento que desencadenó el malestar ya pasó, pero ciertas respuestas siguen contribuyendo a que se mantenga. Puede ocurrir, por ejemplo, que la persona empiece a evitar lugares, situaciones o conversaciones, que busque constantemente tranquilidad en otras personas, que revise repetidamente algo, que se aísle o que intente controlar de manera permanente lo que piensa y siente.
Muchas de estas respuestas son comprensibles y pueden aliviar el malestar en el momento. El problema es que, en algunos casos, ese alivio inmediato también puede favorecer que la conducta vuelva a repetirse.
Aquí no solo importa qué hace la persona, sino también qué función cumple esa conducta.
Dos personas pueden hacer aparentemente lo mismo por razones diferentes. Por ejemplo, ambas pueden cancelar una reunión: una puede hacerlo para evitar el miedo a sentirse juzgada y otra porque está agotada y necesita descansar. La conducta visible es la misma, pero su función es distinta.
También puede ocurrir lo contrario: conductas diferentes pueden cumplir una función parecida. Una persona puede evitar una reunión, permanecer en silencio durante toda la conversación o consumir alcohol antes de entrar; en determinados casos, respuestas distintas pueden estar sirviendo para reducir momentáneamente la ansiedad social.
Comprender estas relaciones ayuda a que el tratamiento no se dirija solamente a modificar una conducta visible, sino también a entender qué problema intenta resolver y qué consecuencias tiene a corto y largo plazo.
Revisar qué intentó hacer la persona
También suelo preguntar qué hizo hasta el momento para intentar resolver la situación.
Esto permite reconocer qué recursos ya tiene, qué cosas le ayudaron y cuáles no produjeron el resultado esperado. Algunas personas intentaron hablar con alguien, distraerse, evitar situaciones, buscar información, retomar actividades, consultar con otros profesionales o controlar determinados pensamientos.
La intención no es juzgar esas estrategias. Generalmente tuvieron algún sentido y respondieron a una necesidad concreta.
Lo importante es observar qué efecto tuvieron. Una respuesta puede aliviar en el momento y generar dificultades posteriores. También puede ocurrir que una estrategia haya servido durante una etapa, pero que ya no sea suficiente en la situación actual.
Además, interesa conocer cuándo el problema aparece con menos intensidad, qué actividades todavía puede sostener, qué personas funcionan como apoyo y qué recursos propios podrían servir como punto de partida.
Qué piensa la persona sobre lo que le ocurre
Además de preguntar qué sucede, me interesa conocer cómo interpreta la persona su propia experiencia.
Algunas personas piensan que lo que les pasa es una señal de debilidad. Otras temen estar perdiendo el control, volviéndose locas o teniendo pensamientos que nadie más tendría.
También puede aparecer la idea de que la mente debería poder controlarse por completo y que la presencia de pensamientos negativos, intrusivos o contradictorios significa que algo está funcionando mal. Algunas de estas maneras habituales de interpretar las experiencias pueden relacionarse con lo que en TCC se conoce como distorsiones cognitivas.
Cuando resulta pertinente, puede ser útil explicar que muchos pensamientos, imágenes, emociones y sensaciones aparecen de manera automática. Su aparición no significa necesariamente que la persona los elija, esté de acuerdo con ellos o vaya a actuar en consecuencia.
No siempre podemos decidir qué aparece en nuestra mente, pero sí podemos aprender a reconocerlo y responder de una manera diferente.
Construir una primera explicación compartida
Si la información disponible lo permite, durante la primera consulta suelo ofrecer una explicación inicial sobre lo que podría estar ocurriendo.
No se trata de presentar una verdad definitiva. Es una primera hipótesis de trabajo: una forma provisional de ordenar lo que la persona contó y comenzar a entender cómo se relacionan sus pensamientos, emociones, conductas y circunstancias actuales.
Por ejemplo, se puede empezar a observar que una persona siente miedo, interpreta determinadas sensaciones como peligrosas, evita situaciones y luego experimenta alivio. Ese alivio puede hacer más probable que vuelva a evitar en el futuro.
En otros casos, puede identificarse que el desánimo produjo aislamiento e inactividad, y que esa reducción de actividades disminuyó todavía más las oportunidades de experimentar interés, logro o conexión. Este tipo de circuito puede ser uno de los que posteriormente se trabaje mediante estrategias de activación conductual.
Lo importante es que esta comprensión no quede solamente en la cabeza del terapeuta.
Las hipótesis se comparten con el paciente, se conversan y se corrigen cuando es necesario. El objetivo es que ambos puedan mirar el mismo problema, entender cómo se llegó a determinada explicación y evaluar si realmente representa lo que está ocurriendo.
Esa comprensión compartida permite además que la persona empiece a reconocer esos patrones fuera de la sesión y participe activamente en las decisiones del tratamiento.
Definir qué se espera del tratamiento
La primera consulta también permite empezar a conversar sobre qué tendría que cambiar.
Una pregunta que puede resultar útil es: “¿Qué tendría que empezar a cambiar para que sintieras que la terapia te está ayudando?”.
Al principio, algunas personas solamente pueden responder que quieren “sentirse mejor”. Es comprensible. Con el tiempo, ese deseo general puede traducirse en objetivos más concretos: volver a salir, retomar el estudio, discutir menos, recuperar actividades, tolerar determinadas situaciones, mejorar una relación o dejar de organizar la vida alrededor del miedo.
Los objetivos no siempre quedan completamente definidos en la primera sesión. Se van precisando a medida que se comprende mejor el problema.
Una primera tarea de observación
Al finalizar la sesión, suelo proponer que la persona observe algunas situaciones problemáticas de su vida cotidiana.
Puede ser una observación sencilla o una anotación breve de:
- qué ocurrió;
- qué apareció en su mente;
- qué emociones o sensaciones notó;
- qué hizo;
- y qué ocurrió después.
En esta etapa, muchas veces no se intenta cambiar nada todavía. El primer objetivo es observar con mayor precisión.
Esto permite que en la siguiente sesión no se trabaje solamente con impresiones generales, sino con ejemplos concretos de lo que ocurre fuera del consultorio.
La tarea tampoco tiene que convertirse necesariamente en una planilla extensa. Al principio puede ser suficiente con prestar atención a uno o dos momentos relevantes y anotarlos brevemente.
La primera consulta también es un espacio para preguntar
Antes de finalizar, reservo unos minutos para que la persona pueda hacer preguntas.
Puede consultar sobre la forma de trabajo, la frecuencia de las sesiones, la modalidad del tratamiento o cualquier duda que haya aparecido durante la entrevista.
También es importante saber cómo se sintió durante la sesión y si la explicación que fuimos construyendo representa adecuadamente lo que le ocurre.
La terapia no consiste en que el profesional imponga una interpretación. La comprensión se construye entre ambos y puede modificarse si aparecen nuevos datos o si alguna hipótesis no representa bien la experiencia del paciente.
En la primera consulta también pueden aclararse aspectos básicos del encuadre, como la confidencialidad y sus límites, la modalidad de las sesiones y la manera general de trabajar.
No es necesario contar todo en la primera sesión
La primera consulta no exige relatar toda la historia personal ni hablar inmediatamente sobre cuestiones para las que la persona todavía no se siente preparada.
Algunas personas llegan con un motivo muy concreto. Otras necesitan más tiempo para ordenar lo que sienten. En ocasiones aparece una situación urgente que requiere prioridad y, en otros casos, se puede avanzar de manera más gradual.
Cuando el malestar es intenso, también puede ser necesario evaluar si existen situaciones que requieren atención prioritaria, como ideas de muerte, autolesiones, riesgo para la propia seguridad o violencia.
Lo importante es que la primera consulta funcione como un punto de partida, no como un examen ni como un interrogatorio que debe completarse de una determinada manera.
Qué ocurre después de la primera consulta
En la segunda sesión o durante los primeros encuentros se continúa completando esta comprensión.
Pueden aparecer nuevos ejemplos, precisar mejor la frecuencia o intensidad del problema, revisar los primeros registros y corregir alguna hipótesis inicial.
En algunos casos ya se puede comenzar con intervenciones más específicas. En otros, es conveniente dedicar un poco más de tiempo a comprender qué está ocurriendo antes de decidir cómo abordarlo.
La evaluación, además, no desaparece cuando comienza el tratamiento. A lo largo del proceso se sigue observando qué cambia, qué dificultades persisten y si las estrategias utilizadas resultan útiles.
En conclusión
La primera consulta psicológica es, sobre todo, el comienzo de un proceso de comprensión.
Permite conocer a la persona y su contexto, explorar qué le ocurre, revisar cómo comenzó y evolucionó el problema y observar cómo se manifiesta actualmente.
También permite dimensionar la frecuencia, intensidad e interferencia de las dificultades, comprender qué función pueden estar cumpliendo determinadas conductas, revisar qué intentos de solución se realizaron y empezar a definir qué cambios serían importantes.
Cuando es posible, se comienza además a construir una primera explicación compartida y se acuerda alguna tarea sencilla de observación.
Muchas personas llegan preocupadas porque no saben explicar con claridad lo que les pasa. Sin embargo, no es necesario llegar a terapia con todo ordenado ni con una explicación preparada. Parte del trabajo de las primeras consultas consiste justamente en poner en palabras aquello que todavía resulta confuso y construir, paso a paso, una comprensión compartida que permita decidir por dónde empezar.
Aclaración final
Este artículo describe de manera general cómo suelo organizar una primera consulta psicológica. La evaluación y el tratamiento deben adaptarse a las necesidades, características y circunstancias de cada persona.
El contenido tiene fines informativos y no reemplaza una evaluación psicológica profesional. Si una dificultad empieza a interferir de manera significativa en la vida cotidiana, consultar con un profesional puede ser un paso razonable.
Referencias
- Caballo, V. E. (Dir.). (1998). Manual para el tratamiento cognitivo-conductual de los trastornos psicológicos. Vol. 2: Formulación clínica, medicina conductual y trastornos de relación. Siglo XXI.
- Caro Gabalda, I. (2009). Manual teórico-práctico de psicoterapias cognitivas (2.ª ed.). Desclée De Brouwer.
- Leahy, R. L. (2018). Técnicas de terapia cognitiva: Una guía para profesionales. Akadia.
- Ruiz Fernández, M. A., Díaz García, M. I., & Villalobos Crespo, A. (2012). Manual de técnicas de intervención cognitivo-conductuales. Desclée De Brouwer.