Terapia Cognitivo-Conductual
Procrastinación: por qué postergamos lo que sabemos que importa
«La forma en que pasamos nuestros días es la forma en que pasamos nuestra vida».
—Annie Dillard
A José le quedan dos semanas para rendir un final. Se sienta en el sillón «cinco minutos» antes de abrir los apuntes y empieza a mirar el celular. Los videos se suceden y siempre aparece alguno más que quiere ver. Cuando recuerda el examen, se preocupa: ya perdió parte de la tarde y todavía tiene mucho por estudiar. Vuelve a la pantalla para dejar de pensar en eso. Más tarde, los apuntes siguen cerrados y sentarse a estudiar parece todavía más difícil.
José quiere aprobar y sabe que necesita estudiar. Sin embargo, saber que algo importa no siempre alcanza para empezar a hacerlo.
Qué es la procrastinación
Procrastinar es postergar innecesariamente una tarea o decisión que nos proponíamos atender, aun cuando anticipamos que esa demora puede perjudicarnos. Puede ocurrir con el estudio, el trabajo, los trámites, el cuidado de la salud o cualquier otra actividad importante.
La procrastinación no constituye, por sí misma, un diagnóstico clínico, aunque puede convertirse en una dificultad que merece atención.
A veces se describe como un problema de organización, y organizarse puede ser parte de la solución. Pero la dificultad no siempre consiste en desconocer el plazo o no saber qué hay que hacer. Muchas personas tienen claro cuál es la tarea pendiente y, aun así, encuentran difícil comenzarla o sostenerla.
La actividad que ocupa su lugar tampoco tiene que ser pasiva o especialmente placentera. José mira el celular, pero otra persona podría ponerse a ordenar la casa o responder correos secundarios mientras posterga un informe. Podemos estar muy ocupados y, al mismo tiempo, dejar pendiente aquello que nos habíamos propuesto hacer.
¿Es procrastinación cada vez que dejamos algo para después?
Postergar una actividad puede ser una decisión razonable. Si estamos agotados, descansar puede ayudarnos a retomarla después. También puede surgir una necesidad más urgente o algo valioso a lo que decidamos dedicarle tiempo. Cambiar un plan para atender esas circunstancias es parte de actuar con flexibilidad.
Por eso, dejar algo para después no alcanza para hablar de procrastinación. Importa considerar si estamos ajustando el plan por una razón atendible o aplazando una tarea que necesitamos realizar, aun sabiendo que la demora puede perjudicarnos.
Descansar una tarde y posponer el estudio puede ser una decisión adecuada. Pasar repetidamente las tardes frente al celular, mientras se acerca el examen y queda cada vez menos tiempo para prepararlo, describe una situación diferente.
Tampoco un episodio aislado convierte la procrastinación en un problema clínico. Es una experiencia común. Conviene prestarle más atención cuando se vuelve frecuente, produce malestar o empieza a interferir en áreas importantes de la vida.
Por qué cuesta empezar aunque sepamos que importa
Muchas tareas valiosas piden un esfuerzo ahora y ofrecen sus resultados más adelante. Estudiar para un final requiere tiempo y concentración; aprobarlo y avanzar en la carrera son beneficios futuros. En cambio, mirar un video o revisar las redes puede ofrecer entretenimiento en cuestión de segundos. Podemos reconocer la importancia del estudio sin sentir, en ese momento, un impulso equivalente para hacerlo.
En algunos casos, la tarea resulta poco atractiva o cuesta sostener el esfuerzo que requiere. En otros, provoca estrés: parece demasiado grande, no sabemos por dónde empezar o tememos hacerla mal. Entonces, hacer otra cosa puede cumplir distintas funciones: encontrar algo más entretenido, escapar del aburrimiento o aliviar la tensión que produce lo pendiente.
Estas posibilidades pueden combinarse. José puede empezar a mirar el celular porque le resulta más atractivo que estudiar y seguir haciéndolo porque, después de perder parte de la tarde, pensar en el examen le genera preocupación.
La procrastinación pone de manifiesto cómo nos relacionamos con nuestro «yo futuro»: la persona que seremos cuando llegue el examen, venza el plazo o tengamos que afrontar lo que hoy dejamos pendiente. Sabemos que seguiremos siendo nosotros, pero nuestras necesidades futuras pueden sentirse lejanas, casi como si fueran de otra persona. Podemos comprender su importancia sin que nos movilicen tanto como el cansancio, el aburrimiento o las ganas de distraernos que sentimos ahora.
Por eso, comprender que algo nos beneficiará dentro de unas semanas, o más adelante, no garantiza sentir motivación para hacerlo hoy. En la procrastinación, esta distancia puede favorecer que atendamos lo que nos resulta agradable o alivia en el presente y dejemos para después el esfuerzo que beneficiaría a esa versión futura de nosotros.
Las distracciones disponibles hacen más fácil esa elección. El celular está cerca, ofrece novedades continuamente y requiere poco esfuerzo para empezar a usarlo. Sin embargo, para entender cada caso también importa observar qué vuelve difícil la tarea pendiente y qué encuentra la persona al hacer otra cosa.
Cómo se mantiene el círculo de la procrastinación
Cuando José mira el celular, encuentra entretenimiento inmediato. Si además estaba preocupado por el examen, distraerse puede disminuir esa preocupación por un momento. Tanto el placer como el alivio pueden favorecer que vuelva a elegir esa actividad cuando tenga que estudiar.
Pero la tarea sigue pendiente. Pasan las horas, queda menos tiempo para prepararse y puede aparecer la culpa por no haber empezado. Al volver a pensar en el examen, José se siente aún más abrumado. Esa presión puede hacer que busque nuevamente una distracción.
Así puede formarse un círculo: cuesta empezar, hacer otra cosa resulta más agradable o alivia el malestar, y la demora agrega dificultades que vuelven todavía más incómodo retomar la tarea.
Esperar a sentirse motivado también puede prolongar esta secuencia. José se dice que estudiará cuando tenga más ganas, pero mientras espera se acerca el examen. La presión aumenta sin que necesariamente aparezca el entusiasmo que esperaba.
Qué consecuencias puede tener
Cuando la procrastinación se repite, los costos no se limitan a entregar algo tarde. Una persona puede terminar estudiando siempre bajo presión, dejar pendientes trámites necesarios o aplazar actividades de cuidado que le importan. En ocasiones consigue cumplir de todos modos, pero a costa de jornadas agotadoras y de una preocupación que la acompaña durante días.
Otras veces, la postergación impide avanzar en proyectos o sostener acciones cuyos beneficios se construyen con el tiempo. Prepararse para un examen, hacer actividad física o atender un problema de salud pueden quedar repetidamente desplazados por lo que resulta más fácil en el momento.
También puede afectar la confianza en la propia capacidad. Después de muchas postergaciones, es fácil empezar a pensar «nunca hago lo que me propongo». Esa conclusión puede sumar malestar a la próxima tarea y volver más difícil dar el primer paso.
Las consecuencias varían según la persona y la situación. Por eso, más que contar cuántas veces postergó algo, conviene observar qué está dejando de hacer, cuánto le cuesta y cómo afecta su vida.
Cuándo puede ser útil consultar
Puede ser útil buscar ayuda cuando la postergación se vuelve persistente, genera un malestar considerable o interfiere en el estudio, el trabajo, la salud u otras áreas importantes. También cuando la persona intenta organizarse una y otra vez, pero vuelve a encontrarse con el mismo obstáculo al momento de actuar.
La procrastinación puede aparecer por distintos motivos y también junto con otras dificultades, como la depresión, en la que la falta de energía o de interés puede hacer más difícil iniciar y sostener actividades. Una consulta permite comprender qué está pasando en ese caso particular, sin asumir que todas las personas postergan por la misma razón.
Cómo se trabaja la procrastinación en terapia
Un primer paso es observar situaciones concretas: qué tarea se posterga, qué ocurre antes de empezar, qué hace la persona en su lugar y qué consecuencias tiene eso a corto y largo plazo. Esa información permite comprender si predominan la búsqueda de entretenimiento, el alivio del estrés, la dificultad para organizarse u otros obstáculos.
A veces hace falta volver la tarea más abordable: definir una primera acción pequeña, reservar un momento específico para realizarla y preparar lo necesario de antemano. «Estudiar toda la materia» puede resultar abrumador. Un plan como «después de merendar, voy a dejar el celular en otra habitación y trabajar quince minutos sobre el primer tema» concreta qué hacer y cuándo empezar.
También se puede modificar el entorno. Si el celular interrumpe una y otra vez, dejarlo fuera de alcance o limitar algunas aplicaciones durante el tiempo de estudio puede ayudar. Del mismo modo, tener preparados los materiales y definido el primer paso reduce el esfuerzo necesario para comenzar.
Las actividades placenteras pueden planificarse como recompensa por avances concretos. Por ejemplo, acordar un rato de videos después de trabajar quince minutos sobre un tema. Así, una actividad que suele desplazar el estudio puede ayudar a sostenerlo. La idea es definir de antemano cuándo y durante cuánto tiempo la vamos a disfrutar, para que su uso responda a un plan y no solamente al impulso del momento.
Cuando la tarea despierta estrés, importa trabajar sobre lo que lo provoca. Puede ser necesario revisar exigencias poco realistas, aprender a empezar sin tener todo resuelto o tolerar cierta incomodidad mientras se avanza. Si predomina el aburrimiento o el poco atractivo de la tarea, también se pueden organizar períodos más breves, pausas y formas de reconocer los avances.
Si el plan no se cumple, podemos revisar qué lo dificultó y definir un próximo paso posible. Aprender a retomar puede ayudar a que una tarde de postergación no se convierta en varios días de abandono de la tarea.
Finalmente, importa recuperar para qué quiere la persona realizar esa acción. Los valores pueden ofrecer una dirección: aprender, cuidar la salud, desarrollar autonomía o sostener un proyecto. A partir de esa dirección se construyen pasos concretos y graduales.
Como ocurre en la activación conductual, las ganas no siempre tienen que llegar antes de actuar. Podemos organizar una acción porque tiene sentido para nuestra vida, aunque en ese momento no despierte entusiasmo. Con la práctica y las condiciones adecuadas, algunas tareas también pueden volverse más familiares, manejables o satisfactorias.
Empezar hoy también es cuidar de nosotros mañana
La procrastinación muestra una dificultad humana: podemos comprender lo que necesitamos a largo plazo y, aun así, sentir con más fuerza lo que nos atrae o alivia ahora. Reconocer esa distancia permite tomarla en cuenta al organizar nuestra conducta.
José no necesita sentir entusiasmo por toda la materia para comenzar. Puede elegir un tema, preparar los apuntes, apartar el celular y dar un primer paso posible. Ese paso no resuelve el examen, pero modifica las condiciones en las que llegará a rendirlo.
Nuestro yo futuro somos nosotros en otro momento de la vida. Cada acción pequeña que realizamos hoy puede beneficiarnos mañana: darnos más tiempo, ayudarnos a estar mejor preparados o dejarnos una dificultad menos que enfrentar.
Bibliografía
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